Cada mañana, entre semana y sin faltar un solo día, Andy Warhol llamaba por teléfono a Pat Hackett para contarle qué había hecho la noche anterior y cuánto había gastado, hasta el último taxi. De esa rutina —que él llamaba «mi trabajo diario de cinco minutos» y que en realidad se alargaba una o dos horas— nació este diario: el retrato íntimo de un artista que se consideraba un hombre vuelto de la muerte y que hizo de la anotación cotidiana su obra más sincera.
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Cada mañana, entre semana y sin faltar un solo día, Andy Warhol llamaba por teléfono a Pat Hackett para contarle qué había hecho la noche anterior y cuánto había gastado, hasta el último taxi. De esa rutina —que él llamaba «mi trabajo diario de cinco minutos» y que en realidad se alargaba una o dos horas— nació este diario: el retrato íntimo de un artista que se consideraba un hombre vuelto de la muerte y que hizo de la anotación cotidiana su obra más sincera.
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