Barcelona, madrugada del 24 de julio de 1909. Enrique Hernández, sereno de veinticinco años y a dos días de embarcar hacia la guerra de Marruecos, sigue un olor a quemado hasta un piso de la calle Flassaders cerrado por dentro. Allí no hay incendio: solo un sillón chamuscado, un montón de ceniza y unos zapatos de mujer con los pies casi intactos. La llegada del inspector Eloy Pavía convierte esa noche en el comienzo de otra vida, y una habitación sellada en el primer enigma de una ciudad al borde del estallido.
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Barcelona, madrugada del 24 de julio de 1909. Enrique Hernández, sereno de veinticinco años y a dos días de embarcar hacia la guerra de Marruecos, sigue un olor a quemado hasta un piso de la calle Flassaders cerrado por dentro. Allí no hay incendio: solo un sillón chamuscado, un montón de ceniza y unos zapatos de mujer con los pies casi intactos. La llegada del inspector Eloy Pavía convierte esa noche en el comienzo de otra vida, y una habitación sellada en el primer enigma de una ciudad al borde del estallido.
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